Soberanía del Pensar, Coraje del Estar
De la
"locura" sagrada de las Madres a la encrucijada del liderazgo: una
reflexión sobre el arte de saber retirarse y la fuerza de un territorio que
late más allá de los nombres.
Allí estaban, frente a frente, desarmando la realidad como quien desarma un motor viejo para ver por qué ya no arranca el corazón del hombre. Ella soltó la primera verdad con la calma de quien ha mirado mucho tiempo el horizonte: “El estar es la naturaleza”. No hay jerarquías de cartón ni títulos de nobleza entre una planta y un ser humano; somos apenas un "estar siendo", un fluir que no acepta el blanco o el negro de los burócratas del pensamiento. Para el amerindio, el suelo es lo primero: primero se está, se habita la tierra, y después —solo después— se es. El europeo, en cambio, ese que trajo la cruz y el mazo, pretende ser antes de haber aprendido a pisar.
Apareció entonces en la charla la sombra
necesaria de Rodolfo Kusch, ese porteño que supo mirar al criollo y al
mestizo no con la lupa del antropólogo de salón, sino con los ojos del que
comprende que la patria es un modo de existir, no una bandera de plástico. No
importa dónde se nace, sino cómo se está en la vida. Y ahí, aunque a los
académicos de derecha les dé urticaria, aparece el viejo Nietzsche.
¡Nietzsche! Ese loco maravilloso que murió un
25 de agosto, traicionado por una hermana que le vendió el alma al diablo antes
de que el diablo tuviera uniforme nazi. Él lo vio antes que nadie: la
enfermedad de esta modernidad podrida es el resentimiento. Esa trampa de
decir "yo soy el bueno y el resto es el mal". Es el juego
perverso entre el resentido judío que señala y el cristiano que se golpea el
pecho gritando mea culpa. Una pareja de baile siniestra que justifica la
crueldad, la represión y el odio.
Y así llegamos al hoy, a este presente que
duele. Ella lo señaló con el dedo: Milei. La forma más exacerbada de ese
veneno. El nihilismo puro, el desfondamiento de todo sentido. Un "tira
bombas" del pensamiento que hoy dice una cosa y mañana la otra, porque
en el fondo no cree en nada. Es la pérdida de la oportunidad de discriminar lo
humano de lo inhumano. Estamos atravesando el desierto del nihilismo, y cuando
este edificio de naipes caiga, no sabemos si lo que reconstruiremos será el
paraíso o el terror.
Se citó a Deleuze y a Guattari, esos
cartógrafos del deseo. El psicoanálisis, decían, a veces se queda corto,
atrapado en el corralito de la culpa y el resentimiento, diciéndote que la vida
es solo un paréntesis amargo entre la muerte. Y la muerte. ¡La puta que lo
parió! Pero hay algo más: lo esquizo. No la locura del manicomio, sino
la fuerza libre, la potencia del arte, ese devenir que fluye y que nadie puede
encadenar.
Uno va construyendo muros, claro, para no
perderse en la línea del suicidio o la locura. Pero la verdadera tarea, la
tarea de los que no se rinden, es dejar que el pensamiento sea afectado por el
sentir. Que el corazón no pida permiso a la cabeza para latir. Al final del
día, entre el humo y el silencio, queda esa certeza de los pueblos libres: que
no somos una entidad terminada, sino un grito que va siendo, a pesar de los
dueños de la verdad única.
Frente al control
que prohíbe y castra, ella propuso una palabra más humana: lentificar.
No detener el devenir por miedo, porque el miedo es la celda de la neurosis, el
arma del colonizador que te dice que tus dioses no valen y que tu lengua es un
error. El miedo es el látigo que te obliga a quedarte en el puesto seguro,
cobrando las migas de una existencia gris mientras el deseo de vivir se pudre
en un rincón.
La charla derivó
entonces en el asfalto. Mañana hay marcha, y el recuerdo del 20 de diciembre de
2001 flota como un fantasma de helicópteros y gases. Él recordó aquella foto
sagrada: las Madres de Plaza de Mayo, con su blanco de pureza, enfrentando a la
caballería que se les venía encima como una bestia de hierro. Ella lo corrigió
con la sabiduría de los que ven más allá de la anécdota: "La figura
cambia, pero la forma es la misma: es la resistencia". Es el
"No" de Kusch, ese no rotundo al avasallamiento de la vida.
Pero aparece la
contradicción, ese veneno que el neoliberalismo nos inoculó en la sangre. Él se
preguntó por qué poner el cuerpo cuando el vecino, el "pelotudo",
votó al verdugo esperando un milagro. Ella fue implacable: el que votó así está
capturado, es un rehén de su propio resentimiento. No se marcha por él, ni
contra él; se marcha para no perder el movimiento, para no dejar que nos
colonicen el deseo.
Votar al verdugo,
aplaudir al que te va a cortar el brazo, es un suicidio social. Es la
batalla cultural ganada por los mercaderes del odio: te hacen vivir en la
contradicción hasta que ya no reconocés quién te está matando.
Y en ese escenario
de naufragio, aparecieron los nombres del poder. Él intentó entender las
mezquindades humanas de los líderes, pero ella no dio tregua. Una líder de la
talla de Cristina, con tres gobiernos en las espaldas y el cuerpo curtido por
las batallas de Néstor, no tiene permiso para las pequeñeces. No puede abrir
una línea de fuga y después retroceder a la pelea de alcoba con un Alberto que
nunca tuvo estatura de mando. Al líder se le exige grandeza; si abrís el
camino, lo sostenés hasta el final. Jodete.
La charla quedó
ahí, vibrando en la mesa. Entre la fragilidad del ser humano y la obligación ética
de los que conducen. Al final, lo que queda es el cuerpo en la marcha,
resistiendo a ser simplificado, resistiendo a ser devorado por este nihilismo
que hoy nos gobierna.
El café ya es un
recuerdo frío en el fondo de la taza, pero las palabras queman. La charla
derivó hacia esa zona pantanosa donde el poder se vuelve una enfermedad del
alma. Ella lo dijo sin vueltas: cuando te calzás el traje de mesías, cuando te
subís al escenario para salvar al mundo con un perfil de madre o de padre
protector, no podés abandonar la obra a mitad del acto. Es una responsabilidad
sagrada. No podés armar la escena, invitar al pueblo a sentarse en las butacas
y, en el momento del nudo, decir "yo me voy".
Pero el drama de
Cristina —esa mujer que fundó su vida sobre el "ser" y olvidó el
"estar siendo" de Kusch— es que se creyó dueña del juego. Perdió la
distancia necesaria entre la persona de carne y hueso y el personaje de bronce
que ella misma decidió habitar. Se obsesionó con un lugar en el altar, tal vez
buscando el eco de Evita, olvidando que la idolatría y el odio caminan siempre
de la mano, como dos hermanos siameses que los orientales conocen bien pero que
nosotros, en nuestra soberbia occidental, nos empeñamos en separar.
¡Qué pena da ver a
los grandes no saber cuándo retirarse! Spinoza diría que ella está queriendo
hacer más de lo que su cuerpo puede. Y en ese afán de sostener el juego ella
sola, como si el tablero no perteneciera a nadie más, corre el riesgo de
demoler su propia obra. Porque el kirchnerismo —y esto es lo que los dueños del
poder nunca terminan de entender— no le pertenece a ella ni le perteneció a
Néstor. Nos pertenece a nosotros.
Ellos fueron los
agenciadores, los que pusieron la firma y la mano para bajar el cuadro de los
genocidas, pero la fuerza que empujaba ese brazo era la de las Madres de Plaza
de Mayo, la de los movimientos sociales, la de los derechos humanos que venían
pariendo ese momento desde hacía décadas. Ellos fueron los representantes, los
que quedaron para la foto de la historia, pero el territorio ya estaba ahí,
latiendo.
Y ahora, en este presente
sombrío, el peligro acecha de nuevo. La sombra de la Villarruel proyecta la
amenaza de volver a colgar los cuadros de la infamia, de convertir la ESMA en
un parque de diversiones sobre las cenizas de nuestros mártires.
La charla terminó
con ese sabor amargo de lo que se deshace. Porque si el líder no sabe soltar
para que otros sigan el camino, termina destruyendo lo que juró proteger. El
"estar siendo" es, al final, la única forma de no quedar atrapado en
la estatua de uno mismo mientras el mundo, afuera, sigue exigiendo resistencia.
Patricia Chiolo (conversaciones
entre Adriana Zambrini y Roberto Sicari)