Pocos saben que el acta no quedó solamente escrita en español
El Congreso de Tucumán declaró la Independencia el 9 de julio de 1816, pero pocos saben que el acta no quedó solamente escrita en español. Para que pudiera ser comprendida en gran parte del territorio, también fue traducida al quechua y al aimara, las lenguas más habladas de la época fuera de los centros urbanos. Esa decisión refleja el enorme desafío que enfrentaban los congresales: construir un país integrado en un territorio donde convivían culturas, idiomas y realidades muy diferentes.
Cuando los diputados firmaron el Acta de la Independencia en la histórica casa de Tucumán, las Provincias Unidas apenas comenzaban un camino incierto. El nuevo Estado carecía de una organización consolidada, enfrentaba conflictos internos y aún debía sostener la guerra contra la Corona española.
Por eso, además de proclamar la ruptura con España, el Congreso decidió que el documento fuera traducido a otras lenguas para que el mensaje llegara a las poblaciones indígenas que formaban parte del territorio. El quechua era utilizado en amplias regiones del norte argentino y del Alto Perú, mientras que el aimara tenía una fuerte presencia en la zona andina.
Una firma en medio de la incertidumbre
Los congresales no sabían si la independencia lograría sostenerse. El ejército realista seguía siendo una amenaza y el futuro político del nuevo país estaba lejos de estar resuelto. Sin embargo, entendían que la declaración debía llegar a todos los habitantes, sin importar la lengua que hablaran.
La decisión de traducir el acta demuestra que la comunicación también era considerada una herramienta política. No se trataba solamente de firmar un documento, sino de lograr que el nacimiento de la nueva Nación fuera conocido y comprendido en todo el territorio.
Un dato que quedó casi olvidado
Con el paso del tiempo, la existencia de esas traducciones quedó relegada a los libros de historia. Sin embargo, constituyen uno de los primeros ejemplos de comunicación oficial multilingüe en la Argentina y muestran una realidad muy distinta de la imagen simplificada que suele enseñarse sobre el Congreso de Tucumán.