El Veneno de la Verdad Única: Una disección del monoteísmo como calabozo del pensamiento
Un relato de Patricia Chiolo de una conversación entre Adriana Zambrini y Roberto Sicari
En un rincón de Buenos Aires, donde el café se enfría sin que nadie lo note, dos voces se sumergen en un duelo de pareceres que desborda la coyuntura. Lo que comienza como un análisis de las tropas en el Cercano Oriente deriva en una disección antropológica sobre el mando vertical y la urgencia de recuperar la fiesta de los sentidos. Entre el legado de los pueblos originarios y la sombra de la tecnología, este diálogo propone una soberanía del pensamiento capaz de romper el binarismo occidental.
El café se enfriaba sobre la mesa, pero nadie parecía notarlo. En ese rincón de alguna ciudad virtual, el aire se espesaba con la urgencia de quienes intentan descular el mundo antes de que el mundo termine de devorarlos. Adriana Zambrini soltó la frase como quien arroja una piedra a un cristal: para ella, la carnicería en el Cercano Oriente no era apenas un movimiento de tropas, sino el síntoma de una enfermedad más vieja que el capital.
—Fíjate bien, Roberto —dijo ella, con esa seguridad de quien ha leído las venas de la historia—. Es la guerra de las tres únicas religiones monoteístas. Judíos, cristianos y musulmanes matándose por la misma trampa: el monoteísmo.
Para Adriana, el Dios único no era una bendición, sino una arquitectura vertical, un calabozo del pensamiento. Si hay una sola Verdad, el que está enfrente no es un semejante, es el Enemigo. Es la justificación del déspota, sea que mande desde Teherán, desde Tel Aviv o desde los despachos alfombrados de Washington. Un mundo binario, de blanco o negro, donde la piedad se rinde ante el dogma.
Roberto, con la terquedad del que confía en el análisis de las estructuras, intentó bajar la charla a la tierra de lo concreto: —Para mí, Adriana, no hay tanta vuelta. Es el capitalismo sosteniendo su sistema, la necesidad de Rusia, el engranaje del dinero...
Pero ella no se dejó arriar. —Esto cala más hondo que la economía, Roberto. Es un cambio antropológico. Mirá a los otros: China, la India. Ellos no tienen religiones que te obligan a arrodillarte ante un solo sentido. Tienen filosofías. En la India, si un dios no te gusta, te buscás otro; hay una fiesta de sentidos. Y los chinos, con su Confucio a cuestas desde hace dos mil quinientos años, entienden la política como una multiplicidad de realidades, no como una orden que baja de un solo púlpito.
Se citó entonces a un decano canadiense en tierras orientales, confirmando que la democracia, para el pensamiento confuciano, solo sirve allí donde la gente se mira a la cara, no como una cáscara vacía para representar a millones que no se conocen.
—Es la lucha entre lo Uno y lo Múltiple —sentenció Adriana, recuperando la vieja posta de Heráclito contra la rigidez de Platón—. El poder ya ganó la batalla del hambre y la miseria; eso ya lo tienen asegurado. Ahora van por el último bastión: el pensamiento. Quieren imponer el despotismo de la verdad única contra la libertad de la multiplicidad.
Roberto miró el mapa imaginario de sus preocupaciones. —A Latinoamérica y a África las veo lejos de ese fuego —murmuró.
—Al contrario —lo cruzó ella con un brillo en los ojos—. Latinoamérica es la representación más cabal de esa multiplicidad. Lo dijo Kusch cuando miró a nuestros pueblos originarios. No somos el binarismo europeo. Somos el refugio de los múltiples sentidos.
El café se ha enfriado del todo, pero el humo de las ideas sigue subiendo, denso, casi irrespirable. Adriana acomoda el cuerpo, como quien se prepara para dar la estocada final en este duelo de pareceres. Para ella, ni los indios, ni los chinos fueron colonizadores porque no tenían el veneno de la "Verdad Única". El colonizador, en cambio, llega con el mazo y la cruz: "Yo tengo la razón, usted se somete". Ese es el juego del monoteísmo, el juego de lo Uno.
—Latinoamérica es lo múltiple, Roberto —dice ella, con una fe que parece nacida de la tierra misma—. Tenemos el barniz de Occidente, sí, pero las raíces tiran hacia otro lado. África también, con su enjambre de dioses. El valor de la creencia allí no es un calabozo, es un horizonte.
Roberto asiente, pero su mirada busca el barro de la política. Habla de los anticuerpos que genera el despojo. Menciona a Brasil, donde la elite, al ver que venían por todo y los dejaban afuera del banquete, hizo el enroque: sacaron a Bolsonaro y pusieron a Lula. Una jugada de ajedrez para salvar el pellejo industrial.
—Pero nosotros somos raros —suelta Roberto—. ¿Viste lo que decía Lucrecia Martel? Que no tenemos una historia que nos deje ser una Nación como las demás. Que nos dejemos de joder con eso de que bajamos de los barcos. No somos una identidad terminada.
Adriana no se queda en la superficie de la representación. Para ella, Argentina no es un país neutro; es un laboratorio de rupturas. —Por eso existe el peronismo, Roberto. Y antes, el radicalismo de Yrigoyen, que inventó la clase media en un continente donde no había nada entre el patrón y el peón. Somos vanguardia, hasta en la caída. Milei no es un rayo en la noche, es la vanguardia de la decadencia, el síntoma de algo que se tiene que romper de una vez.
El debate gira hacia lo invisible. Ya no hablan de votos ni de decretos, sino de la "producción de subjetividad". Citando a Souriau, Adriana plantea que el mundo está pariendo un modo de existir distinto. El binarismo de "oficialismo u oposición" es una cárcel mental que ya no alcanza para explicar la vida.
—Es un cambio neuronal, Roberto. Una mutación del pensamiento. Y ahí entra la tecnología, con sus algoritmos que son como cuchillos de doble filo: pueden romper cualquier dogma o pueden fabricarte un perfil de consumidor desde que nacés para manipularte el alma.
Roberto menciona a Rechimuzzi, la locura, el rastro digital que dejamos como migas de pan para que el lobo nos encuentre. El algoritmo nos tiene fichados.
—Por eso en China no te la hacen tan fácil con las redes —remata Adriana—. Ellos saben que ahí se juega la última frontera: no la posesión de la tierra, sino la soberanía del pensamiento.
La charla quedó ahí, flotando entre el humo del café y el ruido de la vida. Dos fuerzas en pugna: la del mando vertical que exige obediencia ciega, y la de la vida que estalla en mil formas diferentes, resistiendo, como siempre, a ser simplificada por los dueños de la verdad.

